Sensibilidad al contraste

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La sensibilidad al contraste tiene que ver con la capacidad para distinguir entre claro y obscuro. Unas mínimas condiciones de contraste son necesarias para poder percibir un estímulo. Aunque este aspecto puede ser mejorado por un incremento de la iluminación, más allá de un determinado nivel de iluminación decrece la sensibilidad al contraste debido a la aparición de deslumbramientos.
La disminución progresiva de la sensibilidad al contraste comienza alrededor de los veinticinco años, si bien el declive más marcado se produce a partir de los cuarenta o cincuenta años, a causa de la menor cantidad de luz que las lentes transmiten hasta la retina. En esta situación se produce una visión borrosa de los bordes de las imágenes, con la consiguiente pérdida de contraste.
En situaciones en las que no existen brillos, la facilidad con que puede percibirse el contorno de un estímulo va incrementándose hasta alcanzar un punto máximo alrededor de los treinta años. Con brillos, la sensibilidad máxima al contraste se produce a los veinte años. A los veinte años el diámetro medio de la pupila a la luz es de 3 mm y en la obscuridad de 7 mm. A la edad de sesenta estos valores son de 2,5 mm y 5,5 mm, por lo que físicamente entra menos luz en el ojo humano. Distintos estudios confirman que para ver un objeto claramente, las personas de cuarenta años precisan el doble de luz que las de veinte, y a los sesenta el triple que a los veinte, siendo esto válido para los diversos niveles y fondos de iluminación.

Bibliografía

Jesús Pérez Bilbao, Clotilde Nogareda Cuixart, Eduardo Salvador Peracaula: Nota Técnica de Prevención 348. Envejecimiento y trabajo: la visión.